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RAFAEL  ALBERTI

 

                  AMARANTA

 

 

Rubios, pulidos senos de Amaranta,

por una lengua de lebrel limados

Pòrtico de limones, desviandos

por el canal que asciende a tu gargantua.

Rojo, un puente de rizos se adelanta

e incendia tus marfiles ondulados.

Muerde, heridor, tus dientes desangrados,

y corvo, en vilo, al viento te levanta.

La soledad, dormida en la espesura,

calza su pie de céfiro y desciende

del olmo alto al mar de la llanura.

Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,

y gladiadora, como un ascua impura,

entre Amaranta y su amador se tiende.

 

 

 

 

ESTÁIS SORDOS

 

 

Siento que andam las islas,

que la tierra se asombra de sentirme otro hombre tan distinto al que impuso a su huéspedes la pena de matarle dìa a dìa.

Las costas que están tristes de no viajar nunca y nacieron de espaldas al mundo por no verlo ni oirlo,

acostadas de pena saben que se van lejos,

sienten que ne llevan muy lejos sin saber ni mi nombre

ni el número de veces que fui odiado y querido por los mismos que a estas horas en hueco tendràn que recordarme,

que zaherirme,

al encontrar mis huellas en ese insulto dicho casi sin ganas,

en aquel proyecto nunca llevado a cabo

o en aquella pasión mantenida hasta el límite donde tan sólo un paso más da una sima de sangre.

Amigos,

¿no sentís cómo andan las islas?

¿No oís que voy muy lejos?

¿No veis que ya voy a doblar hacia esas corrientes que se entran lentísimas en la inmovilidad de los mares sin olas y los cielos paralizados?

Oigo el llanto del Globo que quisiera seguirne y gira hasta quesarse mucho más fijo que al principio,

tan borrado en su eje que hasta los astros menos rebeldes transitan por su órbita.

¿No oís que oigo su llanto?

 

Siento que andan las islas.